En épocas inmemoriales, la antigua Tartessos, un reino olvidado por el tiempo, se alzaba orgullosa en lo que ahora conocemos como la occidental Andalucía. Su esencia se extendía también hacia la vasta Extremadura y más allá, abarcando tierras del sur de Portugal y regiones aún más remotas. Sin embargo, el inexorable paso de la naturaleza ha transformado esta noble tierra, ocultando las características geográficas que en los antiguos escritos se mencionaban, perdiéndose así parte de su glorioso legado.

Aquel entonces, Tartessos era un bosque frondoso, regido por un rey venerable llamado Gárgoris, el más antiguo de los monarcas. Se dice que fue Gárgoris el primero en descubrir el dulce néctar de la miel, un regalo divino que traía prosperidad a sus dominios.
Mas, el destino tejió un hilo oscuro en la vida del rey. El drama comenzó con la violación de su amada hija, de cuyo sufrimiento nació un nieto, un ser que representaba la afrenta y la deshonra. Animado por la rabia y el desdén, el rey decidió abandonar al infante a su suerte, creyendo que así conseguiría borrar tal mancha de su linaje. Sin embargo, el destino no se dejaría vencer tan fácilmente. El recién nacido, lejos de sucumbir, fue alimentado y protegido por las bestias del bosque. Cuando finalmente fueron a confirmar su muerte, para asombro de todos, hallaron al niño vivo y saludable.
Furioso, Gárgoris, en un alarde de crueldad, ordenó arrojar al niño en el camino de los rebaños, deseando que las bestias lo pisotearan. Pero, contra todo pronóstico, los animales lo ignoraron y lo alimentaron. Desesperado, el rey mandó que lo entregaran a perros hambrientos y cerdos, pero su destino era más fuerte que el odio de Gárgoris. Cada vez que intentaron deshacerse de él, las criaturas del bosque le brindaban refugio y sustento.
Finalmente, Gárgoris, en un último intento de acabar con su linaje, decidió arrojarlo al océano. Pero el mar, en una muestra de favor divino, lo devolvió a la orilla, donde una cierva lo acogió y lo amamantó como si fuera su propia cría. Este destino, similar al de Rómulo y Remo, o el propio Ciro, rey de los Persas, lo llevó a crecer entre ciervos, corriendo libre por los bosques de Tartessos, dotado de la agilidad y velocidad de su nueva familia.
Años pasaron en este reino salvaje hasta que un día, el joven fue apresado en una trampa por cazadores. Sin duda, su captura fue un suceso memorable que llevó a sus captores a presentarlo ante el rey. Imagina la expresión de incredulidad en el rostro de Gárgoris al reconocer, postrado ante él, a su nieto, aquel cuya existencia había deseado borrar. Sin opción, el rey se inclinó ante los designios de los dioses, quienes habían marcado un nuevo camino para el niño, al que nombró Habidis.
Habidis, tras asumir el reino, transformó Tartessos y dándole la grandeza que hoy todos le reconocemos. Bajo su liderazgo, el reino floreció, no en vano había sido salvado de múltiples peligros por la providencia divina. Estableció leyes que civilizaron a los pueblos bárbaros, enseñó a domar bueyes y a sembrar en surcos, brindando alimentos más suaves y variados que los salvajes frutos de la recolección. Con él, se abolieron los trabajos serviles, y la plebe se organizó en siete ciudades, cada una rindiendo homenaje a su brillo. Así, los sucesores de Habidis gobernaron estas tierras durante siglos, perpetuando la gloria de su nombre en las leyendas que fortifican su legado.
Interpretación libre de un extracto del libro Los asuntos de Hispania de Ponpeyo Trogo.
Saltus uero Tartessiorum, in quibus Titanas bellum aduersus deos gessisse proditur, incoluere
Curetes, quorum rex uetustissimus Gargoris mellis colligendi usum primus inuenit. Huic cum ex
filiae stupro nepos prouenisset, pudore flagitii uariis generibus extingui paruulum uoluit; sed per
omnes casus Fortuna quadam seruatus ad postremum ad regnum tot periculorum miseratione
peruenit. Primum omnium cum eum exponi iussisset et post dies ad corpus expositi requirendum
misisset, inuentus est uario ferarum lacte nutritus. Deinde relatum domum in tramite angusto, per
quem armenta commeare consueuerant, proici iubet, rawlis prorsus, qui proculcari nepotem, quam
simplici morte interfici maluit. Ibi quoque cum inuiolatus esset nec alimentis egeret, canibus primo
ieiunis et multorum dierum abstinentia cruciatis, mox etiam suibus obiecit. Itaque cum non solum
non noceretur, uerum etiam quarundam uberibus aleretur, ad ultimum in Oceanum abici iussit. Tum
plane manifiesto quodam numine inter furentes aestus ac reciprocantes undas, uelut naue, non fluctu
ueheretur, leni salo in litore exponitur, nec multo post cerua adfuit, quse ubera paruulo offerret. Inde
denique conuersatione nutricis eximia puero pernicitas fuit ; inter ceruorum greges diu montes
saltusque haud inferior uelocitate peragrauit. Ad postremum laqueo captus regi dono datus est. Tunc
et liniamentorum similitudine et notis corporis, quae inustae paruulo resultat, nepos agnitus.
Admiratione deinde tot casuum periculorumque ab eodem sucesor regni destinatur. Nomen illi
inpositum Habidis, quin ut regnum accepit, tantae magnitudinis fuit, ut non frustra deorum
maiestate tot periculis ereptus uideretur. Quippe et barbarum populum legibus uinxit et boues
primus aratro domari frumentaque sulco quaerere docuit et ex agresti cibo mitiora uesci odio eorum,
quae ipse passus fuerat, homines coegit. Huius casus fabulosi uiderentur, ni et Romanorum
conditores lupa nutriti et Cyrus, rex Persarum, cane alitus proderetur. Ab hoc et ministeria seruilia
populo interdicta et plebs in septem urbes diuisa. Mortuo Habide regnum per multa saecula ab
successoribus eius retentum. In alia parte Hispaniae quae ex insulis constat, regnum penes
Geryonem fuit. In hac tanta pabuli laetitia est, ut, nisi abstinentia interpellata sagina fuerit, pecora
rumpantur. Inde denique armenta Geryonis, quae illis temporibus solae opes habebantur, tantae
famae fuere, ut Herculem ex Asia praedae magnitudine inlexerint. Porro Geryonem ipsum non
triplicis naturae, ut fabulis proditur, fuisse ferunt, sed tres fratres tantae concordiae extitisse, ut uno
animo omnes regi uiderentur, nec bellum Herculi sua sponte intulisse, sed cum armenta sua rapi
uidissent, amissa bello repetisse.